lunes, 20 de agosto de 2007

el amor ciego

Recientemente en el semanal Eduardo Punset, personaje que al principio me provocaba indiferencia, y poco a poco voy sintiendo simpatia y cierta admiracion que va en crecimiento, presentaba su ultimo libro en el semanal, que trata el amor en el sentido mas quimico y neuronal. En ese reportaje exponia tres maneras de sentir el amor.
La primera es la de darwin.

01. Darwin cegado«Ya cerca de los 30 y tras el viaje del Beagle, Darwin decidió que era hora de considerar casarse. En un papel trazó dos columnas: razones para casarse y razones para no hacerlo. Rellenó pronto la segunda: `no tendría tiempo para ir al club de caballeros, ni para leer, no aprendería francés, ni viajaría en globo, ni caminaría en solitario por Gales... Pobre esclavo´. Los beneficios, que comenzaban con `tener esposa es mejor que tener perro´, se limitaban a: `Encantos de la conversación frívola femenina y de la música –cosas buenas para la salud–, pero menuda pérdida de tiempo´. Meses más tarde, Darwin se enamoró locamente de su prima Emma. Su libertad ya no le importaba; sólo quería estar junto a ella. Tuvieron 10 hijos. Darwin apuntó en su diario: `El amor es un sentimiento ciego´.»

02. Goethe equivocado

«Las desventuras del joven Werther, el más personal y emotivo de los libros de Goethe, parte de un error neurológico: la separación entre enamorarse y estar enamorado. Siendo dos momentos del mismo proceso, Werther quiere creer que pueden subsistir por separado. Su gran amor es Carlota, la prometida de su amigo Albert y, por lo tanto, una mujer inaccesible. En espera de que ella le corresponda, cada día es para él un martirio. El amor, fulminante, convierte su vida en un horror. Enamorarse –nos demuestra hoy la neurobiología– es un paso indispensable para que el amor florezca, pero sólo puede consumarse si a la primera fase le sigue la segunda. El suicidio del protagonista anticipaba un descubrimiento reciente: el amor platónico por sí mismo no se sustenta.»

03. Y Punset... desorientado

«Era bellísima y le obsesionaba el sexo (tanto como el dinero) –recuerda Punset–. No pertenecía a nadie. Mi amor por ella estaba expuesto a todos los vendavales. Nuestra última cena fue en Brooklyn. De regreso al hotel, me pidió la tarjeta de acceso a mi habitación para poder ir más tarde. Al cabo de dos horas, decidí recuperar mi tarjeta y bajé al bar. Estaba espléndida, flirteando con unos desconocidos. En mi mente, le dije adiós para siempre. Su abandono previsible apuntaló mi decisión resignada. Los sistemas inmunitarios y las feromonas seguían siendo los mismos, pero el amor se había desvanecido. Durante días reflexioné sobre esta bifurcación anómala de la biología y la conciencia; sobre las razones no biológicas del final del amor. Y las hay. Suficientes para cuestionar mi propias convicciones.»

Por supuesto copiado y pegado de http://heraldo.xlsemanal.com/web/articulo.php?id=19737&id_edicion=2327

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